domingo, 3 de enero de 2010

Cuando el tiempo se detuvo en mi vida...

La muerte de mi querida tía Nila fue del comienzo de una nueva vida en mi hogar, el tiempo se detuvo y abrió un vacio en la casa esa mañana. El corredor del patio de mi casa se volvió en un espectáculo para todos los curiosos del barrio que entraban sin pedir permiso y subían las escaleras del segundo piso. Sin decir buenos días, llegaban hasta el cuarto donde yacía sin vida mi querida tía; después de haber sufrido un infarto en horas de la madruga. La desesperación de empezar el día con una tragedia en la familia, bloqueo mi mente y la de mi familia e hizo que pasara desapercibido la manada de buitres que llenaron la casa esquinera de dos salas, buscando el chisme del día para el pueblo, la gente no respetaba el dolor ajeno. A pesar de eso, los amigos y vecinos cercanos acompañaron a la familia en todo momento.

Esa mañana los llantos de mi primito me despertaron, pero lo que me levantó de la cama fue el grito de Rebeca, mi prima quien al entrar al cuarto de mi tía solo pudo decir con la vos entre cortada: ¡Hay mi tia! Me levanté rápidamente con un escalofrió en todo el cuerpo que nunca había sentido, salí descalza y lo primero que vi, fue a Manuelito, el hijo de mi tía, llorando y con la vista perdida hacia mi cuarto. Mi primito se levantaba todas las mañanas para que le listara su uniforme del colegio pero ese día fue completamente distinto.

Le pregunté a mi prima que pasaba y solo me pudo responder temblorosa por el llanto unas cuantas palabras. -entrá, y mirá vos lo que le pasa a mi tía-. Al pasar y ver el cuerpo de mi tia en su cama me dejó sin palabras Su cuarto estaba frio, me acerqué y la moví con esperanzas de que despertara, pero su cara me decía todo.Le toqué las manos y la muñeca para sentir su pulso, pero era demás. En ese momento el mundo se me vino abajo. No lloré. Salí del cuarto con un nudo en la garganta a confirmarle a mi prima lo que suponía. Los gritos y la desesperación empezaron a invadirla. No sabíamos que hacer, yo no sabía que decirle a mi madre y a mi abuelita que estaban abajo en el corredor preguntando que pasaba. Pensaron que los alaridos de la Rebeca eran parte de un pleito matutino típico de los primos en la mañana. Cuando logré reaccionar, callé a mi prima, le dije que no gritara y bajara con Manuelito y que no dijera nada. Mi hermana Indiana, subió al cuarto y llamó a mi tía Adela, y todo explotó. Todavía tenia el nudo en la garganta y mis lágrimas se negaban a salir y aceptar que mi querida tía había fallecido. Al subir mi tia, calló a mi prima Rebeca y preguntó que pasaba, le dije lo que me suponía - Mi tia esta muerta, entrá-. Me miró fijamente a los ojos y se dirigió al cuarto de mi tia. Tampoco lloró. No supo que decir.

El bajar las escaleras ese día fue lo más difícil que he hecho en mi vida, ver la cara de mi abuelita desconcertada y con ansias de saber que pasaba arriba me oprimía el pecho. Los gritos ya le habían anunciado lo peor. Mi prima, mi hermana y mi primito ya habían bajado llorando gritando el nombre de mi tía sin decir nada.

- ¿Que le paso a la Nila? - preguntó con cara de aflicción. ¡Es mi tia! dijo la rebeca llorando. No podía decir nada mas, sabíamos que decirle a mi abuelita lo que pasaba de golpe le podía provocar una subida de presión . Me acerqué a mi abuelita y le pedí que se sentara. -¿Pero que pasa? -Me preguntaba. No quería llorar asi que le dije a mi mamá lo que sucedia. Se quedó sin aliento, solo me quedo viendo fijo y me dijo: -“Que llamen a la Azucena”

Mi tío Jassin, el médico de la casa no se encontraba, había salido temprano a su trabajo en Rivas como era de costumbre. Mi hermana llamó a la Azucena o mejor dicho a la doctora López, una de los médicos más confiables de Nandaime. Como era de esperarse ella no estaba en su consultorio, era demasiado temprano, mi hermana regresó a la casa con la cara perdida y un poco agitada sin la doctora. La vecina de al lado, Doña Teresita ya estaba en la casa, los gritos de mi prima la habían alarmado y llegó al suceso a los pocos minutos.

Salí de la casa desconcertada a buscar a la doctora, y llegué hasta su casa a golpear desesperadamente su puerta -¿Qué paso?. - Es mi tía Nila, vaya rápido a la casa por favor. -¿Qué tiene?. - Murió, bueno eso creo. -En ese momentos las lágrimas ya lograban salir de mis ojos, ya no aguantaba más. Le expliqué el por que suponía su muerte, y salimos rápidamente a la casa. Me sequé las lágrimas.

Al llegar, la casa ya estaba llena, los vecinos de la cuadra ya se habían dado cuenta y habían llegado a ofrecer su ayuda. Subimos al cuarto donde estaba mi tía Adela y la amiga de toda la vida de mi querida tia Nila. La miraba y lloraba sin consuelo, mi tía estaba a la orilla de su cama pero no se inmutaba. La doctora pasó y la examinó. Al final solo pudo decir lo esperado “le dio un infarto a la Nilita”

En ese momento comenzó el caos en mi casa, no sabíamos que hacer, ni decir. Baje las escaleras. Ya mi abuelita lloraba y gritaba -¡Mi muchachita!-, la abrasé y empecé a llorar con ella un momento. Mi madre estaba con ella en la sala de la esquina de la casa. Respire profundo y regresé a ver que podía hacer. La segunda sala de la casa estaba llena de desconocidos que solo llegaban a confirmar los rumores de su muerte.

El bajar a mi tía del segundo piso seria una hazaña. Ella era una mujer frondosa, pesada, el bajarla no seria fácil. Los vecinos y amigos más cercanos de la familia aparecieron en ese momento. Envolvieron a mi tía en sabanas y la amarraron para poder aguantar su peso. No quería que nadie viera lo que pasaba, pero el pasillo de la casa ya estaba lleno de mirones, personas que nunca había visto y vecinas que no vi el resto de la mañana, ni en la vela. Todos quedaban viendo fijo como bajaban a mi tía. No se por que no los corrí de la casa en el momento, creo que ese instante es lo que me enferma ahora, me bloquee por completo, tenia la mente en blanco, tenia que aceptar que era verdad lo que estaba pasando.

Cuando lograron bajar a mi tia, la llevaron al cuarto de mi madre. Los desconocidos que estaban en la sala pequeña, ya habían visto todo, y se retiraron. Solo quedaron los amigos y los vecinos cercanos de la cuadra. En ese momento reaccioné y le pregunte a mi mamá si había llamado a mi tío Jassin y me respondió que no, me pidió que lo hiciera. Coji el teléfono y marque su número, cada repique me cortaba la respiración. Cuando contestó le dije de lleno. - Se murió mi tía Nila. - ¿Cómo se va a morir, que paso? –Le dio un infarto, venite a la casa, mi mamá me dijo que te llamara. –ya voy para allá- . Solo quedaba esperar.

Las horas pasaron rápidamente, mi tío llego en menos de una hora a la casa desde Rivas a Nandaime. Cuando entró a la casa abrazó a mi abuelita. No lloró para no desesperarla. Le pidió que se calmara, y sin mas que decir se dirigió al corredor donde estaban el resto de familiares reunidos. Lo miré pasar a la cocina donde no aguantó y lloró donde nadie lo mirara. Salió sereno y entró al cuarto de mi madre. El, la doctora López y una enfermera que llegó a ayudar la empezaron a preparar, mi tio no quería que la llevaran a un hospital donde la dejaran internada por horas para prepararla. El era el médico de la casa. No sabia la hora, supongo que para ese momento ya eran las diez de la mañana. Me dirigí a la sala en la que se encontraba mi abuelita y las dos puertas de la esquina ya estaban abiertas. Mi abuelita estaba sentada en una silla y con mi madre a la par. Se encontraba en Shock - ¿Qué le paso a mi muchachita? ¿Se murió la Nila?- Preguntaba a cada segundo, mi madre con la voz entrecortada para no desesperarla le contestaba -Fue la voluntad del señor madre, estaba dormida, no sintió nada-.

Los amigos y vecinos cercanos fueron de mucha ayuda en ese momento. No me di cuenta cuando terminaron de preparar a mi tía, ni quien puso cortinas blancas con lazos negros en las puertas, ni quien colocó sillas alrededor de la sala grande esquinera de la casa. Solo recuerdo haberla vista en el féretro, por que mi abuelita quería verla para poder creer lo que pasaba. La miro muchas veces. A pesar de eso, no recuerda nada de los que paso ese día.

Mis amigos de la universidad llegaron por la tarde a darme el pésame y acompañarme un rato, tenía la cabeza en otro mundo, no sabia que platicar con ellos, ni de que reírme en ese momento para distraerme. Hasta ahora puedo apreciar que me acompañaran en ese momento. Dos de mis amigas, Gaby y Yeyling, se quedaron para acompañarme esa noche triste. Fueron de mucho apoyo para mí. La noche fue larga, solo recuerdo haber visto miles de personas llegar esa noche, algunos a jugar cartas y a fumarse un cigarro. Otros a acompañar a aquella mujer que fue amiga. Esa noche no dormi, lloré en mi cuarto sin que me escucharan mis amigas quienes habían estado despiertas hasta muy tarde haciéndome compañía. Yo no quería verla en la caja, la imagen de su rostro pálido me hacia un nudo en la garganta. Una tristeza profunda me invadió.

La mañana llego y fui a la esquina de mi casa donde estaba la caja fúnebre, la miré de largo para recordar lo que pasaba, le di de desayunar a mis compañeras y luego me bañe, me quite un poco la presión que tenia en la espalda y el sueño que cargaba de la vela. El día continuó lentamente, la espera del entierro se hizo eterna.

La tarde llegó, las horas de despedirse de mi tía, de la casa llegaron, aguanté mis lágrimas y fui a la iglesia, hacia tiempo que no iba y no pensaba hacerlo, pero tenia que entrar. Lloré la misa completa. No hubo marchas fúnebres a la salida del entierro. Todo el camino a cementerio acompañé a mi madre, quien iba detrás del carro fúnebre que llevaba los restos de mi tía, sus manos iban heladas, iba cabizbaja, solo miraba sus pasos al caminar, no le gusta llorar en público.

Llegamos al cementerio, el camino a la bóveda familiar se hizo largo, todos lloramos en ese momento. El tiempo se detuvo un momento. Ninguno quiso verla por última vez como es de costumbre en los entierros, no la querian recordar en una caja. Todas las personas que acompañaron a mi tía empezaron a irse y solo quedamos sus familiares y tres amigas de mi tía. Mi madre se fue del cementerio inmutada por el suceso, mi tía Adela empezó a llorar a llanto partido por primera vez desde la muerte de su hermana, empezó a abrazar a las amigas de mi tia que también lloraban y miraban la boveda recien cerrada con cemento. Se habían quedado a acompañarla un rato mas. Empezóa oscurecer, todos nos fuimos, y atrás quedo ella, en una bóveda helada, en compañía de las ánimas y con una luna llena que iluminaba todo el campo santo, al que un día llegaré a habitar.

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